No es una salida cualquiera para Ramón y su familia. Sus dos hijas adoran a Lara Campos, estrella infantil del momento, por lo que mueren por verla y, con algo de suerte, tomarse una foto con ella.
Cuando el padre de familia llega a la aglomerada taquilla del Centro Cultural I sufre un ‘mini infarto’ al ver los precios. Para ver el espectáculo en los mejores asientos del recinto, Ramón tendría que dar un ‘tarjetazo’ de 16 mil 120 pesos, lo equivalente a unas vacaciones cortas en Acapulco.
“Es mucho dinero”, así que Ramón baja la expectativa y pregunta por la sección intermedia (Preferente), pero aún tendría que gastar casi 10 mil pesos.
La última posibilidad son los boletos más baratos, los de la zona Mezzanine, ubicada en la planta alta del teatro y hasta el fondo. Aunque son los peores lugares del recinto, la familia deberá invertir poco más de 4 mil 400 pesos.
Ya tienen los boletos. Son las 7:15 de la noche y la fila para entrar al Centro Cultural I parece interminable. Familias completas esperan su turno mientras revisan sus boletos en el celular.
Hasta 30 minutos después de iniciada la función, el público sigue entrando. Las acomodadoras intentan guiar a quienes llegan tarde, aunque eso implique bloquear la visibilidad de las personas que llegaron a tiempo.
A pesar de los altos precios del boleto, solo se entrega un programa de mano por familia, así que las niñas deberán ‘pelearse’ por ese recuerdo de la obra. En los baños no hay agua. Afuera, la fila para comprar refrescos y palomitas parece interminable. Solo hay un punto de venta para más de 700 personas que compraron un boleto en la zona Mezzanine.
La escena contrasta con la expectativa de uno de los montajes más ambiciosos del teatro musical reciente en México. También revela algo más profundo: asistir a un musical no es una actividad accesible ni cómoda para la mayoría de las familias.
De La Bella y la Bestia a Matilda: el salto en precios
El cambio se entiende mejor al comparar dos obras separadas por 15 años, pero presentados en el mismo recinto: La Bella y la Bestia (2007-2008) y Matilda (2026).
En su momento, ver La Bella y la Bestia costaba 650 pesos en VIP, 475 en Preferente y 150 en Mezzanine. Ajustados por inflación a 2026, esos precios equivaldrían aproximadamente a 1,430 pesos, 1,045 pesos y 330 pesos, respectivamente.
Hoy, la versión más accesible de Matilda arranca en 1,003 pesos en Mezzanine, mientras que los boletos VIP superan, en promedio, los 3,500 pesos en funciones estándar (las que son protagonizadas por las actrices infantiles Raffaella, Emilia o Elena) y rebasan los 4,000 pesos cuando participa la estrella invitada, la influencer infantil Lara Campos.
El incremento no es menor. En comparación con La Bella y la Bestia, los precios en la zona más económica de Matilda han subido 200 por ciento en términos reales —es decir, se han triplicado en 15 años—, pero ese aumento no se tradujo en mayor accesibilidad.
En contraste, la zona VIP —aunque también se encareció— mantiene una experiencia más completa, con mejor visibilidad y cercanía al escenario.
Pagar más… por ver a alguien en específico
A diferencia de montajes anteriores, donde el espectador compraba un boleto para ver la obra sin importar quién encabezara el elenco, Matilda introduce una lógica distinta: el precio varía dependiendo de quién esté en escena.
Si el público quiere ver a Lara Campos, debe pagar un sobreprecio de entre 10 y 14 por ciento respecto a la versión estándar. Y en funciones especiales —como el día del niño— el incremento supera el 20 por ciento en todas las secciones del teatro.
Se trata de una estrategia poco común en el teatro mexicano, donde tradicionalmente el valor del boleto estaba ligado a la producción, no a la celebridad.
Aquí, el precio responde directamente a la popularidad.
El teatro medido en días de trabajo
Más allá de los precios nominales, el cambio más relevante aparece al medir el costo en función del ingreso.
En 2008, cuando el salario mínimo rondaba los 52 pesos diarios, asistir a la zona más barata del teatro implicaba destinar alrededor de tres días de trabajo. Actualmente, ese mismo boleto sigue requiriendo de tres días de trabajo, lo que implica que, pese al aumento del salario mínimo, el acceso no ha mejorado.
En contraste, los precios de las butacas en las zonas VIP y Preferente (las de mayor poder adquisitivo) sí se beneficiaron del incremento en el salario mínimo, ya que antes se necesitaba 13 y 9 días para comprar estos boletos, respectivamente, mientras que actualmente, ya solo es necesario laborar 11 y 7 días para ver el espectáculo, en cada caso.
La experiencia desde el asiento más barato
Pero el problema no es solo el precio.
La experiencia del consumidor también cambia dependiendo de cuánto se paga.
La zona de Mezzanine —la más económica— concentra cerca de 800 butacas, aproximadamente el 35 por ciento del aforo del teatro. Es también la de peor visibilidad, mayor aglomeración y menor acceso a servicios.
Desde ahí, gran parte del espectáculo se percibe a distancia. La escenografía, apoyada en proyecciones digitales, pierde impacto. La sensación es que muchas escenas ocurren en el mismo espacio.
El día de la función, además, el ingreso tardío del público interrumpía constantemente la experiencia. A diferencia de otras producciones —como El Rey León— no existe una política estricta para limitar el acceso una vez iniciada la obra.
El resultado es una experiencia fragmentada, especialmente para quienes menos pagaron.
Un modelo de negocio más sofisticado… y más excluyente
El encarecimiento del teatro no es casual.
Detrás hay un cambio estructural en el modelo de negocio.
A diferencia de hace 15 años, cuando los precios eran relativamente homogéneos, hoy los productores operan con esquemas de segmentación similares a los de la industria aérea: precios dinámicos, funciones premium y diferenciación por demanda.
Bajo este modelo, una misma obra puede generar hasta casi 30 por ciento más ingresos por función sin aumentar el número de asientos, simplemente ajustando precios por estrellas invitadas o días especiales (como el día del niño).
Por ejemplo, la función del día del niño será protagonizada por Lara Campos. La producción decidió elevar los precios a 4,340 pesos (VIP), 2,790 (Preferente) y 1,180 (Mezzanine), lo que significa incrementos de 20.7, 28.6 y 17.6 por ciento respecto a un día normal de funciones.
El riesgo: perder a las nuevas audiencias
Este cambio tiene consecuencias.
El aumento de precios en las zonas más accesibles limita la entrada de nuevos públicos. Y sin renovación generacional, la industria enfrenta un problema de largo plazo.
La experiencia personal lo ilustra: hace años, obras como Hoy no me puedo levantar podían verse múltiples veces gracias a promociones y precios más accesibles. Eso generaba hábito, fidelidad y curiosidad por explorar otros espacios teatrales.
Hoy, repetir una función es, para muchos, impensable.
Una industria que sobrevive… pero no se democratiza
De acuerdo con el INEGI, solo el 21 por ciento de la población de 12 años y más asistió a una obra de teatro en 2025, una cifra inferior a otros eventos culturales como el cine, conciertos o ferias.
Para los productores, el contexto tampoco es sencillo.
Morris Gilbert, uno de los principales referentes del teatro comercial en México, reconoce que la industria opera bajo condiciones complejas: altos costos, carga fiscal y cambios en los hábitos de consumo.
“Pagamos impuestos igual que todo mundo… IVA, ISR… absolutamente todo”, señaló en entrevista durante la presentación a prensa de El Fantasma de la Ópera.
Aun así, el sector genera una derrama económica relevante. Una producción de gran formato puede emplear más de 150 personas por función y detonar actividad en servicios como restaurantes y transporte.
Pero esa relevancia económica no ha resuelto su problema estructural.
“Desgraciadamente el teatro siempre ha sido elitista”, admite Gilbert. “Tiene mucho que ver con la situación social, económica y política”.
¿Vale la pena?
En lo escénico, Matilda es un montaje cumplidor. Hay mucho talento en el elenco y una nueva generación de actores infantiles que apunta alto. Jaime Camil destaca como una de las figuras más sólidas del reparto.
Pero la experiencia general deja preguntas abiertas.
El precio elevado, combinado con fallas operativas y una escenografía dependiente de pantallas, pone en duda la relación entre costo y experiencia.
El teatro en México, como lo define el propio Gilbert, es “el eterno moribundo”: siempre parece estar en crisis, pero nunca desaparece.
Al terminar la obra, Ramón y su esposa no pudieron dejar de pensar si lo que pagaron compensó lo que pudieron ver y recordaron que cuando eran novios, hace 15 años, La Bella y la Bestia los sorprendió con la aparición de un castillo en medio de la oscuridad y con canciones que no podían dejar de tararear por la película animada de Disney.
Con Matilda, intentaron recordar alguna canción. No pudieron. “Ya son otros tiempos”, dijo él. Sin embargo, las niñas salieron encantadas por ver a su artista favorita, aunque quizá podían haberla visto en uno de sus conciertos, donde pueden comprarse boletos desde 700 pesos.
La pregunta ya no es cuánto cuesta ir al teatro, sino quién quedó fuera.



